Historia de Mérida

La ciudad de Augusta Emerita, fue fundada por orden del emperador Octavio Augusto en el año 25 a. C., para acoger a los soldados de las guerras cántabras, veteranos de las legiones V Alaudae y X Gemina.

Desde el principio fue una ciudad amurallada, en la que tenían especial interés los edificios de espectáculos públicos, (Teatro, Anfiteatro y Circo), además de los Foros, templos, termas, embalses y demás edificaciones que se fueron integrando en la ciudad, con los edificios de viviendas y las plazas públicas.

Especialmente relevante fue el puente romano sobre el Guadiana, uno de los más largos del imperio, que se convirtió en un importante nudo de comunicaciones acorde con el rango de la ciudad.

De la antigua colonia quedan vestigios de su bien trazado urbanismo: calles y calzadas, cloacas, diques, puentes, acueductos, presas, viviendas, necrópolis, foros con sus templos y colosales edificios para celebrar juegos escénicos o circenses. El Museo Nacional de Arte Romano nos acerca al devenir de aquella gran ciudad de la antigüedad.

Ha habido momentos, especialmente desde los siglos IV al VI, en los que fue Mérida la cabeza desde la que se pensó una nueva Hispania, sustancialmente cristiana pero que no renunciaba a su glorioso pasado pagano. La difícil síntesis encontró acomodo bajo la monarquía visigoda, concretamente bajo el patronazgo del arzobispado emeritense, el más importante de la antigüedad tardía y los comienzos de la Edad Media en la Península, ya que dependían de él doce obispados.

De la ciudad paleocristiana y visigoda dedicada a Dios y a su Patrona, Eulalia, quedan cientos de las piezas que la decoraron (presentes en la Colección Visigoda del Convento de Santa Clara), junto a diversas ruinas destacando, de entre todas, las pertenecientes a la antigua basílica de “la Mártir” o el hospital del Arzobispo Mausona.

Fue tras la presencia de los árabes cuando comienza el declive de la ciudad. El singular complejo militar de la Alcazaba es una de las joyas de los albores de la presencia musulmana en la Península. La Reconquista no reconcilia a la ciudad con su pasado, aunque existan descollantes expresiones del románico, gótico y, sobre todo, del barroco.

Tras su conquista por los leoneses en 1230, no le fue restituida la sede arzobispal y quedó relegada a mera cabeza de una provincia ligada a la Orden de Santiago. Paso obligado hacia Portugal de reyes y nobles, la villa permaneció en esa nómina de pueblos con papeles secundarios en el devenir del nuevo Reino de España.

Esos mismos caminos que portaban noticias y riquezas también acarrearon las funestas consecuencias de crueles guerras mantenidas con Portugal o la Francia Napoleónica. Será un nuevo invento, la locomotora, el que, en pleno siglo XIX, invite a la ciudad a bailar, de nuevo, en el concierto de la historia española.

Hoy, la ciudad se nos presenta sin complejos, dejando en herencia edificios de singular arquitectura cuyos creadores han fundido sus prestigiosos apellidos al nuevo patrimonio que, para generaciones futuras, deja la Mérida del siglo XX.